Depresión y desempleo de larga duración

Depresión y desempleo de larga duración

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Llevo dos años sin trabajar. Busco y no encuentro.

También he intentado montar mi propia empresa pero de momento no es factible. No tengo el dinero suficiente para comprar el material, pagar el alquiler y hacer frente a los gastos mensuales. Estoy recibiendo el paro y las ayudas sociales, gracias a esto voy tirando. Por lo menos tengo cubiertas mis necesidades básicas pero moralmente, estoy destrozado. Te voy a contar cómo se hunde una persona cuando está obligada a no trabajar, a no ser productiva para la sociedad. Puedo ser tu padre o tu madre. Tengo 57 años y a los 55 la empresa para la que trabajaba bajó la persiana, dejándonos a mí y a otros 36 compañeros en la calle. Una cosa es no querer trabajar e ingeniárselas para vivir de las ayudas sociales y otra muy diferente es sentirse excluido del sistema. Porque por mucho que quieras trabajar, nadie te contrata. Ya sea porque no hay trabajo o porque te consideran demasiado mayor. Mi historia es una más, no creas que soy un caso aislado. La empresa privada me considera viejo como para contratarme y el estado afirma que soy joven para poder jubilarme. No importa mi oficio. Afecta a todos los sectores, médico, abogado, mecánico, camarero, empleado de comercio, etc.

Los primeros siete meses tenía mucha esperanza en encontrar trabajo. Además, lo veía como una oportunidad para cambiar de vida. Me levantaba optimista y con energía. Desayunaba, entraba en las redes sociales, buscaba en la prensa y en las páginas de ofertas de trabajo. Conseguía unas 8 entrevistas por semana. Pero en todas me decían lo mismo, ya te llamaremos. Así fueron pasando los meses y así también se iba reduciendo la cuenta bancaria. Yo, todavía soy afortunado, tengo ahorros, pero, muchos de mis ex-compañeros vivían al día y en cuanto dejaron de recibir su nómina, empezó el infierno para ellos. Algunos fueron desahuciados de sus viviendas, ya fueran de alquiler o de hipoteca. Imagínate el panorama. Sin empleo y sin vivienda.  En menos de 120 días pasas de ser un ciudadano respetable a ser un desecho de la sociedad. Desde el momento en el que no tienes una dirección de correos no eres nadie. Si un organismo público quiere contactarte y no tiene tu número de teléfono, estás perdido. Dejas de existir para el sistema. Es lo peor que le puede suceder a alguien, perder su vivienda. Desde ese mismo instante pierdes la condición de ser humano. Significa no dormir en un lugar seguro y confortable. Te vas a preguntar todo el día, dónde dormirás hoy.

Esta situación modifica nuestro comportamiento. Nos volvemos pesimistas y no tenemos ilusión por el futuro. Entramos en un bucle del cual es muy difícil salir. Cuando llevas ya nueve meses buscando y ves que no aparece nada, te desesperas. Te cambia el humor, te irritas y tienes malas contestaciones. Esto condiciona que puedas encontrar trabajo. Somos lo que reflejamos y los demás lo perciben. Tus ahorros se van agotando y te vuelves previsor y meticuloso con los gastos. Sólo compras lo necesario. Dejas de quedar con los amigos para no gastar pues no sabes cuándo vas a volver a trabajar. Tampoco quedas con ellos porque no quieres que te inviten siempre. Son tus amigos y entienden tu situación personal pero no lo aceptas. Te avergüenzas de ti mismo, te sientes culpable y prefieres alejarte de tu entorno. Te aíslas, no sales de casa. Pero también está la otra cara de la moneda, donde sucede lo contrario.

Los amigos y familiares que dejan de relacionarse contigo porque no tienes nada que ofrecer. Tengo ex-compañeros que sus propios hijos han dejado de ir a visitarlos porque ya no hacen comidas, ni celebraciones. Esto demuestra que cuando no tienes dinero, no vales para nada. Cuando enfermas ya no vas tan seguido al médico. Esperas hasta el último momento, cuando ya no soportas el malestar. El dentista y el oculista ya mejor ni mencionarlos. Aceptas que tienes peor la vista y que estás perdiendo los dientes. Por suerte, soy de los afortunados que todavía tienen dinero para pagar el alquiler, poco, pero me llega. Una vez he pagado las obligaciones, me queda lo justo para la compra mensual. Esto quiere decir que no me puedo permitir ningún capricho, como ir al cine, comer fuera de casa, comprar ropa que no sea realmente la necesaria, etc. Como verás, es un estilo de vida restrictivo. Vivo al céntimo justo. Compro según el precio, no la calidad. Tengo que recorrer varios centros comerciales antes de comprar. Comparo los precios y me llevo el más económico.

Para no caer en el aislamiento, voy a varias asociaciones. Para relacionarme con más gente. Me obligo a madrugar y mantener unos horarios de comida y sueño. Por las mañanas salgo a buscar trabajo y por las tardes voy a las asociaciones. Hay veces que me pregunto para qué madrugo si no tengo a donde ir, pero luego recuerdo que es por el bien de mi salud mental, para no enloquecer. Tener tiempo libre puede ser peligroso si no sabes gestionarlo. Hay que mantener la mente ocupada. Si no cuidas tus pensamientos, te puedes preguntar si el motivo de no encontrar trabajo eres tú. Que eres un incompetente y no sirves para nada.

Estos pensamientos negativos te pueden llevar a cometer actos estúpidos. Simplemente por la impulsividad del momento. El aislamiento te lleva a la soledad y esta te empuja a la depresión. Una vez entras en ella, es muy difícil salir. Si te descuidas un poco y te dejas llevar, ya no cuidarás tu higiene. Te despreocuparás por completo de tu aspecto físico y entonces, ya no habrá vuelta atrás. Habrás entrado en la penuria. Es muy fácil bajar de escalón social. Pasar de la clase social trabajadora a la pobre es sólo cuestión de tiempo. Tres o cuatro meses sin cobrar la nómina y más de la mitad de la sociedad se volvería pobre.

¿Tú cuánto tiempo aguantarías sin cobrar tu nómina?

 

 

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