Joven y endeudado de por vida

Joven y endeudado de por vida

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Tengo 34 años y estoy lleno de deudas. Una hipoteca, dos préstamos, viajes y los muebles de la casa, financiados por centros comerciales y dos tarjetas de crédito en su límite. Mi vida se podría resumir en trabajar para pagarle al banco y al centro comercial. He investigado un poco y he visto que la palabra hipoteca significa esclavitud. Soy esclavo de la identidad financiera o persona que me presta el dinero. Hasta que no se lo reembolso, no soy libre. ¡Ah! y en el caso de los bancos, el estado se encargará de que devuelvas hasta el último céntimo. No hace mucho, la sociedad luchaba por su libertad y en la actualidad, la vende. En ocasiones, se mueven montañas por firmar un contrato de esclavitud.

Todo empezó cuando tenía 26 años. Mis padres y amigos me incitaron en la compra de una vivienda. No digo que la compra esté mal. Lo que digo es que la compré a un precio muy por encima de su valor real. Me dejé llevar por el miedo de mis padres y la euforia de mis amigos.

He vivido en casa de mis padres hasta los 24 años y nunca he colaborado financieramente. Me decían que el dinero era mío y debía gastarlo como quisiera. Nadie me enseñó a gestionarlo. Con lo cual, con 19 años y con el carnet de conducir en las manos, pedí un préstamo de 20.000€ para un coche. No tenía problemas para reembolsarlo. Toda mi nómina era para mí. Para mis caprichos. Sin darme cuenta estaba entrando en el mundo de las deudas. De las compras a plazos. Llevo trabajando desde los 17. En apenas 3 años liquidé el préstamo. Cuando cumplí los 24, conocí a la chica que actualmente es mi mujer y la madre de mi hijo. Ella también era de las que no colaboraba financieramente en casa. Sus padres le decían que tenía toda una vida por delante para ahorrar. Que tenía que vivir la vida. También estaba endeudada, la adquirió con su expareja. Ascendía a 26.000€. Ella tenía que pagar la mitad y también la liquidó sin problemas porque cuando se separó de él, volvió a casa de sus padres.

Nadie nos habló de la importancia de adquirir y potenciar la inteligencia emocional y la financiera. Ambas importantísimas para no caer en las deudas y sobretodo para no dejarse llevar por la opinión de los demás. Para empezar, mi vivienda está alejada del centro. Dependo totalmente de mi vehículo. No tengo ninguna parada de transporte público a menos de un kilómetro. Tampoco un comercio. Esto ya es un indicativo de que he pagado demasiado por ella. Mi mujer no tiene vehículo y para no depender de mí, nos metimos en el préstamo de uno. Viendo nuestra experiencia pasada y lo sencillo que fue devolverlo, pedimos 20.000€ y al mismo tiempo me di un capricho y pedí otro de 16.000€. Para una moto. Cuando llegaron las vacaciones, también las financiamos. Esto lo hicimos durante los 4 años siguientes. Viajar a crédito. Tirar de tarjetas. Cada uno teníamos una. Nos sentíamos los reyes del mambo. Quiero esto o aquello, lo compro y ya lo pagaré. A los dos nos han enseñado que debemos vivir el ahora. Que el mañana no existe. Que ahorrar es de agarrados. Cuando no hay dinero, se pide un préstamo y se devuelve a plazos y si tengo una tarjeta de crédito, que haga lo mismo. Gastar hasta llegar al límite y después devolverlo en cómodas cuotas. ¡Para eso trabajamos!

Todo iba viento en pompa hasta que llegó un día en que las cuotas a devolver superaban los ingresos. A partir de aquí, se instaló la ansiedad en casa y hasta día de hoy, no se ha ido. De vez en cuando nos visita también la depresión. y nos recuerda la importancia de las inteligencias financiera y emocional. El banco se ha apiadado de nosotros y ha cedido a juntar todas las deudas en la hipoteca. Ahora sólo tenemos una cuota a devolver. Más elevada pero por lo menos, podemos hacerle frente.

 

Volviendo a la hipoteca, la cuestión del transporte público es un aspecto que pasé por alto y que ahora estoy pagando por ello. Hace dos meses me rompí un pie y actualmente voy a recuperación. Tengo que caminar dos kilómetros para llegar a la parada de transporte público. Esto lo hago con muletas. Imagínate qué calvario estoy sufriendo. Durante los dos meses que he llevado el pie inmovilizado, he sido prisionero de mi casa. He dependido totalmente de mi mujer. Luego, mi hijo depende de nosotros para ir al colegio. No puede ir ni a pie, ni en transporte público. Como no tenemos inteligencia, financiera, desconocemos la diferencia entre un interés variable y otro fijo. Nos hemos metido en uno variable y la cuota a devolver varía cada año. No tiene nada que ver la que empezamos pagando, con la estamos pagando ahora. Casi se ha duplicado.

Si tuviéramos estas inteligencias, la opinión de los demás no nos hubieran influenciado. Primero, porque no hubiera hecho caso a lo que me decían sobre el mercado inmobiliario. Que una vivienda nunca pierde valor. – Si la vendo ahora, no me dan ni la mitad de lo que he pagado.  – Segundo, no me hubiera dejado llevar por el miedo que me transmitían mis padres. – O me compras una vivienda o cuando te jubiles no tendrás donde vivir – Mis padres, igual que la mayoría de personas de su edad están convencidos de que un alquiler es tirar el dinero a la basura. No se han parado a pensar que una hipoteca, supone pagar intereses y que una propiedad, también supone pagar una comunidad de vecinos e impuestos al estado.

A mi hijo le voy a inculcar el hábito de ahorrar el 20% de sus ingresos anuales y disfrutar del 80% restante. Si empieza a hacerlo a los 20 años, cuando tenga 50, se podrá comprar una vivienda. La podrá pagar al contado o por lo menos, tendrá para más de la mitad de la hipoteca. Esto se consigue razonando antes de gastar. ¿Por qué lo quiero, para qué y cuánto tiempo lo haré servir?

Por: Omar el Bachiri

Psicólogo y Escritor
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